TEXTOS

PALABRAS DESDE EL EXILIO

Tierra parda y castigada de cielo limpio y meridiano, que dio aire a mis pulmones, tierra seca y doliente que acoge a mis muertos, tierra plana, tierra dura y espartana, que me niega el alimento y me aparta de su seno… Mala madre.
Dicha y desdicha, dulce y amarga, generosa y ruín al tiempo.
Te amo, pero querría odiarte cada vez que me desprecias como hija, cuando me detestas por no dejarme asfixiar por tus brazos.
Dame un respiro, sonríeme a veces, déjame pensar que me quieres y que te sientes orgullosa de tu hija… Sólo quiero querer quererte, sólo quiero al fin volver a tu vientre sin sentirme de otro lugar

REFLEXIÓNES AL MINUTO

Cuando las ganas de huir te invaden, cuando a la vuelta de la esquina te da un Stendhal y te cae una lagrima salada, del ojo al labio… Ignoras si es la belleza lo que te abruma o la eterna incertidumbre por ser incapaz de aprehender aquello que te resulta hermoso. Nunca se repite la sensación, siempre es nueva y desgarradora. No aprendemos nada, todo se borra dejando las experiencias en blanco. El olvido es necesario, pero los recuerdos dejan vacíos, cráteres volcánicos, áridos y desolados sobre los que tardarán años en brotar primarias formas de vegetación. Reaprender a respirar… volver a regarse, despertar sonriendo de nuevo… Al pensarlo me equivoco, tropiezo como un cienpiés que perdiera el ritmo de sus cien patitas bloqueando su cadencia en el paso regular. Si lo pienso estoy perdida, si no lo pienso… estoy muerta.
Andrea Jambrina

ALAS DE CERA

La edad no te da nada… nada que no supieras de antemano. Nunca te da la suficiente experiencia como para enfrentarte a los sucesos dolorosos de tu existencia. A veces te sorprendes a ti mismo, cuando sales fortalecido de un choque brutal, cuando como Lázaro, pero sin mas mano que la propia, que obre el milagro, te levantas y no sólo andas, sino que además corres y vuelas como si hubieras soltado un saco lleno de arena mojada. En esos momentos tienes la certeza de que eres tan fuerte que puedes volar hacia el sol sin que se derritan tus alas.

Pero como Ícaro te precipitas hacia el vacío, mientras las gotas de cera derretida caen sobre tu espalda, quemándola, abrasándola… Espalda en la que cargas, como una mula, todo aquello que te paraliza, a ti y a todas las personas que amas, vivas o muertas. También cargas en ella sus muertes, aunque no fueran responsabilidad tuya… y tu propia muerte, que en tres ocasiones viste tan cerca.

icaro

Y sigues precipitándote, a veces el vacío parece un abismo oscuro. ¿No has aprendido nada?. A duras penas te agarras a la vida. Sólo sabes con certeza que quieres vivir, pero no encuentras más que clavos ardiendo para asirte.

En otras ocasiones miras hacia atrás y reconoces haber perdido el tiempo. ¡Quisieras haber dicho tantas cosas!, y haber callado tantas otras… Querrías haber abrazado, haber sonreído, besado, acariciado, disfrutado… Ese es indiscutiblemente un tiempo irrecuperable.

Pero no quieres perder tu tiempo presente, intentas no pensar en la muerte, ese hito definitivo que te separa de aquellos que quieres… aun queda tiempo, aun queda tanto por hacer que la ansiedad se vuelve cotidiana. Esa sensación que sentías algunas veces de adolescente, cuando te enfrentabas a los exámenes finales. Ese nudo en la garganta, que te ahoga, esa torpeza que te hace vivir atropelladamente se vuelve diaria y te obsesionas por esquivarla, por engañarla, por distraerte y distraerla.

Como en la adolescencia esperas al verano, confiando en que éste te saque del abismo, pero el invierno a veces dura demasiado.

Andrea Jambrina

COSAS DE OLVIDO Y AUTOMATISMO HUMANO

Casi cuando estaba tocando el suelo despertó, tomó su lápiz y se apresuró a escribirlo todo. Su escritura era automática, casi dadaísta, no se permitía pensar demasiado, ni detenerse en la caligrafía.

Giorgio de Chirico The terrible games-1925

Giorgio de Chirico
The terrible games-1925

Mezclaba minúsculas y mayúsculas, trazaba garabatos ilegibles que horas después le costaría descifrar. A veces dibujaba y anotaba los colores de las cosas, para registrarlo todo en una especie de arrebato desesperado por captar fielmente sus recuerdos soñados.

A menudo volvía a rondarle el sueño mientras intentaba recordar con los ojos cerrados. Entonces despertaba de golpe fastidiada por la mezcla de imágenes que se agolpaban en su cabeza. Era imposible ya distinguir un sueño de otro… mejor dejarlo para mañana.

El bullicio de la calle empezaba a sumarse y la traía de vuelta a la realidad: el café con bizcochos, la radio mal sintonizada sonando en la cocina, la ducha y el cepillado de dientes acabarían de ayudarla a aterrizar.

Mientras cerraba la puerta de su casa pensó que los sueños eran una fortaleza inexpugnable que tenía el placer de conservar para sí… tal vez no eran del todo accesibles siquiera para ella.

Sólo quería pintar todo aquello, como el que pinta la mona… sin grandes pretensiones. Con el tiempo ella misma se olvidaría de los detalles, tal vez recordara sensaciones, tal vez… el olvido es necesario.

Andrea Jambrina

SUEÑOS Y AUSENCIAS

Estallan bombas a nuestro alrededor mientras nos miramos a los ojos, inmóviles, uno frente al otro, a dos palmos de distancia.

Se nos ilumina el rostro en cada fogonazo, la metralla nos golpea el cuerpo violentamente, pero ninguno de los dos se mueve, ninguno parpadea siquiera…

En realidad no estamos allí parados, nos encontramos en una entropía diferente, en un cosmos paralelo que se expande hacia el infinito.

El todo nos contempla, nos envuelve, nos azota y nos despeina, pero tus ojos siguen ahí, mirándose en los míos…

Andrea Jambrina

HASTA EL ÚLTIMO MINUTO

Sangrando subo hasta la cima nevada, voy dejando un rastro que siguen los lobos ansiosos, jadeantes, anhelantes por morder mi carne castigada y dolorida, puedo escuchar sus aullidos a penas unos metros más abajo.

AJ Frena-ilustración lobos

AJ Frena

Mi corazón galopa frenético dentro de mi, lo siento por todo mi cuerpo, en la cabeza, en las puntas de los dedos, en las pupilas, en la boca… Poco a poco me quedo sin aliento, mis pies están fríos, enterrados en la nieve, pero mi garganta se seca como si caminara por un desierto, a ratos sudo, a veces tiemblo aterida.

Continúo ascendiendo cada vez más despacio, pero empiezo a perder el miedo; la muerte me ronda y me dejo llevar montaña arriba sabiendo que estoy condenada. No hay árboles, no hay cuevas, no hay una sola roca tras la que tomar aliento. Los lobos me encontrarían en cualquier lugar siguiendo mi rastro de sangre.

En la cima puedo ver la manada ascendiendo hacia mi. Miro a mi alrededor; hermoso paisaje, imagen perfecta para ilustrar mi último día.

Intento gritar, pero no me sale la voz. Vuelvo a intentarlo y por fin lo consigo, poco a poco sale entrecortada y aumenta de volumen y nitidez. Sólo quiero tomar conciencia. Mi voz se repite rebotando de montaña en montaña. Tal vez nadie me escuche, quizá sólo me sirva para abrirme el pecho y dejar salir toda la presión hacia el aire, hacia la nieve, hacia la sangre derramada.

Junto al precipicio de la cima aflojo las rodillas y me dejo caer… Por fin el fin

Andrea Jambrina

CANCIÓN PARA NO DORMITAR

Despertar bajo la lluvia
entre hojas muertas y ramas
comprobar que estaba soñando
mientras todo estaba en llamas

El miedo a perderme la vida…
¡Todo pasa tan deprisa!
Lamentarme no es una opción
aún no sé sobrevivir en esta selva
pero empezaré por cortar la hierba
Sólo quiero abrirme camino
encontrar agua limpia para ti
y lavarnos las profundas heridas
beber, regar y compartir

Sin lucha no hay tregua posible
sin tregua no hay tarde apacible.
La tormenta ruge y sobrecoge
pero la lluvia despierta el olvido
recuerda el fuego que no se ha ido

Gritar a solas puede ser consuelo
cuando mi cuerpo toca el suelo
el miedo suele hacerme sentir viva
cuando lo miro de frente y asiente
cuando lo ignoro siendo consciente

Andrea Jambrina

EL REGRESO

El precioso día que se ofrecía ante los ojos de Aureliana tenía algo de diferente respecto a todos los otros hermosos amaneceres que había vivido. A su edad la vida se había establecido como un repertorio de rutinas y protocolos que le facilitaban la existencia: limpiar, limpiarse, desayunar, comer, cenar y entre estos momentos, atender la huerta, ocuparse de los semilleros, las podas y el tempero en invierno y de las plantas y los árboles en verano. Regar, cavar, abonar… A menudo tejer y coser, coser y tejer, junto a la ventana o en la sombra fresca del árbol de lilas del corral, sin más pretensiones que la de disfrutar de los momentos tranquilos, del aroma de las lilas en mayo, de la compañía de los gatos que se tumbaban cerca de su sillita, pero nunca demasiado cerca.

Aquella mañana era diferente, desde luego, a pesar de que tener previsto absolutamente ningún cambio, ella lo presentía. A menudo pensaba en el modo en que había pasado los últimos veinticinco años y se preguntaba si habría otro modo de hacerlo, si hubiera tenido valor para cambiar de vida, pero siempre concluía decidiendose a sí misma que no había una manera mejor.

Tras la muerte de su marido, vivía sola, inmersa en sus trabajos para sobrellevar el dolor como mejor sabía hacerlo, hasta que el dolor se fue mitigando y pudo encontrarse en el más absoluto silencio, escuchando sus propios pensamientos durante mucho más tiempo del que nunca hubiera empleado antes. Su único hijo vivía a unas seis horas en coche de allí, y venía a visitarla cada dos meses más o menos, pero era un hombre parco en palabras, con el que se comunicaba de un modo que le recordaba demasiado a la manera en que se expresaba su marido, básico, elemental, sin nada supérfluo, sin cariños ni jabones. A decir verdad no se sentía muy cómoda con él, y ahora acababa de separarse, por lo que parecía seguro que empezaría a frecuentar más a menudo la casa maternal. Esta idea descolocaba la vida de Aureliana, pues tendría que pensar en hacer comida, limpiar, lavar y hacer camas por dos, además de dar un montón de explicaciones sobre cosas sin importancia, que su hijo convertía en importantes por la parquedad de su carácter.

Por la  tarde, mientras hacía una vainica para el remate de un camisón, pensó en la suavidad de la tela blanca sobre su cuerpo aliviando los calores de aquellas noches de verano en que tenía que dormir con la ventana abierta. Pensó también que hacía mucho tiempo que nadie le daba un beso, ni siquiera en la mejilla. Al tiempo se ruborizó por sus pensamientos y miró con insistencia, recorriendo las alturas de la tapia del corral, como si esperara que un duende telequinético hubiera permanecido atento encaramado sobre las piedras para robarle sus pensamientos, pero no, no había nadie, nunca había nadie… Sólo ella, rodeada de gatos, otra tarde más.

Andrea Jambrina

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Un comentario en “TEXTOS

  1. No puedo recordar la cantidad de veces que se me ha olvidado un sueño solo cinco segundos después de despertarme. Cuando es una pesadilla me pasa lo mismo, pero en ese caso, queda el susto o la amargura en el aire, y me dura el día entero. Intentar ponerlo por escrito equivale a tratar de comprenderlo, que es una de las cosas que nos hace humanos a los humanos.

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