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Rivane Neuenschwander

En la obra de Rivane Neuenschwander (Belo Horizonte, Brasil, 1967), Love Lettering, 2002. DVD. 6’22”, en la que colabora con su hermano Sergio Neuenschwander, un científico especialista en neurofisiología; encontramos un vídeo que explora las complejas intersecciones del lenguaje y la emoción.

Diferentes fragmentos de una carta de amor han sido pegados a las colas de unos peces de colores que, con sus movimientos, originan impredecibles mensajes de amor, deseo y pérdida, que nadan dentro y fuera del encuadre de la cámara construyendo una metáfora de la

incertidumbre y la aleatoriedad de las relaciones humanas.

El regreso

El precioso día que se ofrecía ante los ojos de Aureliana tenía algo de diferente respecto a todos los otros hermosos amaneceres que había vivido. A su edad la vida se había establecido como un repertorio de rutinas y protocolos que le facilitaban la existencia: limpiar, limpiarse, desayunar, comer, cenar y entre estos momentos, atender la huerta, ocuparse de los semilleros, las podas y el tempero en invierno y de las plantas y los árboles en verano. Regar, cavar, abonar… A menudo tejer y coser, coser y tejer, junto a la ventana o en la sombra fresca del árbol de lilas del corral, sin más pretensiones que la de disfrutar de los momentos tranquilos, del aroma de las lilas en mayo, de la compañía de los gatos que se tumbaban cerca de su sillita, pero nunca demasiado cerca.

Aquella mañana era diferente, desde luego, a pesar de que tener previsto absolutamente ningún cambio, ella lo presentía. A menudo pensaba en el modo en que había pasado los últimos veinticinco años y se preguntaba si habría otro modo de hacerlo, si hubiera tenido valor para cambiar de vida, pero siempre concluía decidiendose a sí misma que no había una manera mejor.

Tras la muerte de su marido, vivía sola, inmersa en sus trabajos para sobrellevar el dolor como mejor sabía hacerlo, hasta que el dolor se fue mitigando y pudo encontrarse en el más absoluto silencio, escuchando sus propios pensamientos durante mucho más tiempo del que nunca hubiera empleado antes. Su único hijo vivía a unas seis horas en coche de allí, y venía a visitarla cada dos meses más o menos, pero era un hombre parco en palabras, con el que se comunicaba de un modo que le recordaba demasiado a la manera en que se expresaba su marido, básico, elemental, sin nada supérfluo, sin cariños ni jabones. A decir verdad no se sentía muy cómoda con él, y ahora acababa de separarse, por lo que parecía seguro que empezaría a frecuentar más a menudo la casa maternal. Esta idea descolocaba la vida de Aureliana, pues tendría que pensar en hacer comida, limpiar, lavar y hacer camas por dos, además de dar un montón de explicaciones sobre cosas sin importancia, que su hijo convertía en importantes por la parquedad de su carácter.

Por la  tarde, mientras hacía una vainica para el remate de un camisón, pensó en la suavidad de la tela blanca sobre su cuerpo aliviando los calores de aquellas noches de verano en que tenía que dormir con la ventana abierta. Pensó también que hacía mucho tiempo que nadie le daba un beso, ni siquiera en la mejilla. Al tiempo se ruborizó por sus pensamientos y miró con insistencia, recorriendo las alturas de la tapia del corral, como si esperara que un duende telequinético hubiera permanecido atento encaramado sobre las piedras para robarle sus pensamientos, pero no, no había nadie, nunca había nadie… Sólo ella, rodeada de gatos, otra tarde más.

 

Andrea Jambrina