Narciso

Miquelangelo Caravaggio

Narciso                                                 Miquelangelo Caravaggio

EL DISCÍPULO – Óscar Wilde

Cuando murió Narciso, el remanso de su placer se trocó de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, y llegaron llorando a través de los bosques las ninfas de las montañas, las oréades, para consolar al remanso con su canto.

Y cuando vieron que el remanso se había trocado de una copa de aguas dulces en una copa de lágrimas saladas, soltaron las verdes trenzas de sus cabellos y gritando al remanso le dijeron:

-No nos sorprende que hagas un duelo tal por Narciso, tan hermoso como era.

-¿Era hermoso Narciso? -dijo el remanso.

-¿Quién había de saberlo mejor que tú? -respondieron las ninfas-. A nosotras siempre nos desdeñaba, pero a ti te cortejaba, y solía recostarse en tus orillas e inclinarse a mirarte, y en el espejo de tus aguas reflejaba gustoso su belleza.

Y el remanso respondió:

-Pero yo amaba a Narciso porque, cuando recostado en mis orillas se inclinaba a mirarme, en el espejo de sus ojos veía mi propia belleza reflejada.

Ofelia

Ofelia- John Everett Millais

En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lirio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos…
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.
Hace ya miles de años que la pálida Ofelia
pasa, fantasma blanco por el gran río negro;
más de mil años ya que su suave locura
murmura su tonada en el aire nocturno.
El viento, cual corola, sus senos acaricia
y despliega, acunado, su velamen azul;
los sauces temblorosos lloran contra sus hombros
y por su frente en sueños, la espadaña se pliega.
Los rizados nenúfares suspiran a su lado,
mientras ella despierta, en el dormido aliso,
un nido del que surge un mínimo temblor…
y un canto, en oros, cae del cielo misterioso.

Arthur Rimbaud (fragmento)

El regreso

El precioso día que se ofrecía ante los ojos de Aureliana tenía algo de diferente respecto a todos los otros hermosos amaneceres que había vivido. A su edad la vida se había establecido como un repertorio de rutinas y protocolos que le facilitaban la existencia: limpiar, limpiarse, desayunar, comer, cenar y entre estos momentos, atender la huerta, ocuparse de los semilleros, las podas y el tempero en invierno y de las plantas y los árboles en verano. Regar, cavar, abonar… A menudo tejer y coser, coser y tejer, junto a la ventana o en la sombra fresca del árbol de lilas del corral, sin más pretensiones que la de disfrutar de los momentos tranquilos, del aroma de las lilas en mayo, de la compañía de los gatos que se tumbaban cerca de su sillita, pero nunca demasiado cerca.

Aquella mañana era diferente, desde luego, a pesar de que tener previsto absolutamente ningún cambio, ella lo presentía. A menudo pensaba en el modo en que había pasado los últimos veinticinco años y se preguntaba si habría otro modo de hacerlo, si hubiera tenido valor para cambiar de vida, pero siempre concluía decidiendose a sí misma que no había una manera mejor.

Tras la muerte de su marido, vivía sola, inmersa en sus trabajos para sobrellevar el dolor como mejor sabía hacerlo, hasta que el dolor se fue mitigando y pudo encontrarse en el más absoluto silencio, escuchando sus propios pensamientos durante mucho más tiempo del que nunca hubiera empleado antes. Su único hijo vivía a unas seis horas en coche de allí, y venía a visitarla cada dos meses más o menos, pero era un hombre parco en palabras, con el que se comunicaba de un modo que le recordaba demasiado a la manera en que se expresaba su marido, básico, elemental, sin nada supérfluo, sin cariños ni jabones. A decir verdad no se sentía muy cómoda con él, y ahora acababa de separarse, por lo que parecía seguro que empezaría a frecuentar más a menudo la casa maternal. Esta idea descolocaba la vida de Aureliana, pues tendría que pensar en hacer comida, limpiar, lavar y hacer camas por dos, además de dar un montón de explicaciones sobre cosas sin importancia, que su hijo convertía en importantes por la parquedad de su carácter.

Por la  tarde, mientras hacía una vainica para el remate de un camisón, pensó en la suavidad de la tela blanca sobre su cuerpo aliviando los calores de aquellas noches de verano en que tenía que dormir con la ventana abierta. Pensó también que hacía mucho tiempo que nadie le daba un beso, ni siquiera en la mejilla. Al tiempo se ruborizó por sus pensamientos y miró con insistencia, recorriendo las alturas de la tapia del corral, como si esperara que un duende telequinético hubiera permanecido atento encaramado sobre las piedras para robarle sus pensamientos, pero no, no había nadie, nunca había nadie… Sólo ella, rodeada de gatos, otra tarde más.

 

Andrea Jambrina

El cuento de Óscar

Ilustración para "El cuento de Óscar"

A los cuatro años tenía un amigo, Oscar, con el que jugaba a cosas de esas que no tienen un espíritu sexista, como por ejemplo lanzarse sobre un monopatín a toda pastilla cuesta abajo, dibujar con tiza sobre el cemento del suelo trazando territorios en torno a uno mismo o las siluetas de las manos y los pies, o como recoger flores, hierbas, pedazos de teja y yeso, y triturarlos mezclados con agua hasta que se convertían en papillas de colores con las que pintábamos.

A veces íbamos a la puerta de su casa y jugábamos con sus juguetes, otras en la puerta de la mía jugábamos con los míos. Pero solíamos conformarnos con cosas bastante primarias y experimentales.

Cuando los mayores, con esa fea costumbre que les caracteriza de suponer y generar rumores, empezaron a decir:

¡¡¡Sois novios, sois novios…!!!.

 

Comenzamos a pensar que nuestra relación no tenía futuro, y dividimos el grupo (de dos). Cada uno se fue a lo suyo; Oscar con los coches y yo con las muñecas.

Fuimos juntos a la escuela hasta los catorce años, pero después de la disolución del grupo no volvimos a establecer relación alguna excepto la estrictamente comercial y vecinal. Debo aclarar que yo le servía los cafés y las cañas en El Único Bar del pueblo.

A los veinte años, durante un viaje a París me hice este tatuaje en una tiendecita de una de esas estrechas calles que bajan de Montmartre, llamada Tatoo-Bijou.

El tatuador era un tipo de grandes patillas, medio blanco, medio azul, del tamaño de un armario ropero de cuatro puertas. Insistió bastante en que debería tatuarme una ola y no sé cuántas cosas más que representaban los cuatro elementos y el equilibrio de no sé quién. Pero yo tenía pensado el motivo de mi tatuaje desde hacía mucho tiempo, y lo llevaba dobladito en la cartera desde entonces.

¡ Cómo duele!, no os lo voy a contar porque seguro que lo sabéis. Pero todo lo hice por el arte. Sabía que iba a tener la nuca más molona de mi pueblo, y cómo iba a fardar en las bodas, cuando me hago moños.

Cuando volví a mi casa, me hice un moño, sin tener boda ni nada, con el objetivo de lucir mi tatuaje souvenir. Cuando Oscar me pidió un cortado y me volví hacia la cafetera gritó:

¡¡¡ Tu también te has hecho uno !!! …pero el mío es mas chulo

Levantó un poco la manga y en el antebrazo tenía un tatuaje a todo color, en diagonal que decía SCALEXTRIC… Entonces fue cuando pensé que aquello era para toda la vida, pero no dije nada, solo sonreí un poquito y eso fue todo, le serví el café, se lo tomó y cada uno nos quedamos con nuestro escozor, marcando el territorio y la distancia de nuevo. Esa fue la conversación más larga que tuve con Oscar desde los cuatro años.

Ahora cuando voy al pueblo es Oscar quien me sirve el café y las cañas, en El Único Bar. En verano suele lucir bíceps y tatuaje, y ambos los dirige a las miradas de las chicas, que se mueren de curiosidad por conocer la historia.

Yo por mi parte procuro llevar el pelo suelto y sueño cada día con tener dinero suficiente para la cirugía, no vaya a ser que digan otra vez que somos novios.